Luz de mi vida

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Ayer vi La luz del fin del mundo, una película dirigida, escrita y protagonizada por Casey Affleck, de trama muy sencilla, acerca de un hombre en un mundo en el que casi todas las mujeres murieron por una plaga, que debe vagar para cuidar de su hija de 10 años, a la que le cuesta más trabajo proteger sin tener que explicarle de qué peligro están huyendo.

Aunque en términos de historia sucede poco, los personajes (prácticamente solo ellos dos aparecen durante todo el filme) están tan bien construidos que resultan entrañables y es muy fácil sentir cómo ese hombre tiene que sobreponerse al miedo para no perder a esa niña que representa, de algún modo, la única esperanza tras la muerte de la mujer que amaba, en un mundo agreste, tal como anuncia su título original Light of My Life.

Cuando la abraza en un par de secuencias, hacia el final de la cinta, me dio mucha ternura y me hizo llorar, me llevó a pensar en la única niña a la que recuerdo haber abrazado por la calidez que en ella encontraba y por la conexión que al alma me llegaba, pues en ese abrazo se hallaba mi deseo genuino y espontáneo de querer que nada le pasara, de que todo en el mundo fuera muy bueno para ella por siempre.

Y solo con esta sensación, al salir de la Cineteca Nacional, no podía evitar que me siguieran escurriendo las lágrimas mientras esperaba el autobús, pensando en la luz de mi vida.

Salir del ‘closet’ poliamoroso

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En Poliamor Valle de México se propuso #SalirDelClosetPoliamoroso como tema para abordar, por el interés que este le genera a varios compañeros poliamorosos, del cual me cuesta mucho comprender por qué optan por preservar el temor a comunicar lo que ya es una decisión de su vida tomada, al mismo tiempo que quieren saber qué hacer para dejar de ocultar lo que ya están viviendo.

A los 14 años, al salir de la secundaria, hice mi primera comunión debido a la presión de mi mamá porque debía hacerla, porque era un requisito para entrar al cielo y para que Dios no se enojara, y yo no me enteré cuando debí haberla hecho. El caso es que luego de la espantosa confesión con el sacerdote y de la ceremonia de primera comunión en plena misa de salida de la secundaria (mi maestro de civismo fue quien me hizo unas preguntas con las que evité el catecismo) me quedé pensando por qué había hecho ese ritual de una religión con la que no me sentía conectado, con una horrible sensación de obligación, por lo que me propuse no hacer aquello en lo que no creía solo para darle gusto a alguien más, así fuera mi familia.

La imagen puede contener: 1 persona, sentado, de pie, calzado y exterior

Así, le comenté a mi familia que era ateo y, curiosamente, no hubo el revuelo que esperaba (supongo que lo minimizaron pensando que era apenas un adolescente). Unas semanas después, mi mamá me dijo que en su casa se hacía lo que ella decía y, como yo creía que lo que ella decía estaba mal, no estuve dispuesto a hacerle caso y me fui de su casa. Antes de morir me pidió perdón por haberme corrido, no supe cómo expresarle que gracias a eso empecé a ser la persona que ahora soy, lo cual fue maravilloso.

A los 20, luego de meses de ser rechazado en centros de salud buscando que me hicieran la vasectomía, lo conseguí y la única persona a la que le dije previamente fue mi mamá quien, por supuesto, no estuvo de acuerdo, los demás se enteraron cuando ya estaba hecho. Mi papá antes de morir dijo que yo le había negado su “derecho” a ser abuelo. Difícil que me tomara ese reclamo en serio y tampoco tenía mucho sentido hablar de ello ya que yo sabía que lo más probable era que falleciera.

Por ello, negar, ocultar o mentir lo que hago, digo y creo no tiene sentido para mí, tal vez porque no espero que mi familia me valide, al contrario, es una manera en la que he marcado mis diferencias para poner un tope o un punto final, como en el hecho de terminar, de este lado, mi línea genealógica. En consecuencia, ha sido más fácil sobrellevar los varios casos en los que no respaldo situaciones con las que no estoy de acuerdo, rechazando presiones y sin evadir confrontaciones, aunque eso implica recibir cuestionamientos y rechazos 🤷🏻‍♂️

Errando, y a veces acertando, prefiero ser yo, evitando lo más que pueda los disfraces o las caretas.
Porque sueño, yo no lo soy 🐈🌝 

Armando Vega-Gil

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Que los abusos contra las mujeres deben parar es indudable y urgente. También, ver a dónde nos lleva la rabia, en un mundo ya jodido por maniqueísmos y oídos sordos, cuando somos innegables victimarios simplemente por ser hombres y cuando damos por verdad una sola declaración en aras de terminar con una sumisión histórica. Así como los pobres no son buenos por no tener riqueza y los niños no son puros por ser menores, ninguna persona es veraz o voraz solo por identificarla como parte de un sector. Estar en contra de la impunidad también implica recordar lo difícil que ha sido que se reconozca la presunción de inocencia, en la que nadie debería ser señalado como culpable hasta que no se demuestre; sin embargo, en las redes sociales hay evidencia de lo dispuestos que estamos a mostrar vileza en busca de una pretendida equidad. Tanto en redes como en el boca a boca se lanzan acusaciones, no denuncias (muy necesarias por la vía penal, aunque tengamos razones para desconfiar del sistema judicial). Luego del linchamiento, ¿qué sigue tras los señalamientos? ¿Ir con piedras y lanzallamas a acabar con los que ni siquiera merecen réplica porque fueron culpables instantáneamente? ¿Cuánto desprecio es suficiente? ¿Qué resarcimiento se espera? ¿Se busca justicia o venganza? 🥶🥶🥶

Cuatro letras tiritando en mis pezones

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Cuatro letras tiritando nos dice esta chica… como le explico yo que el tiritar llega mucho mas allá al leer sus versos…? Con unas pocas líneas, nos sumerge hasta el punto exacto donde confluye la imaginación y el sentimiento, allí donde quisieras estar… o no haberte ido.

Cuatro letras esperando ser borradas y un verso colgando entre sus labios… Por ahora me quedo deleitándome con el susurro retumbando en mis oídos y el murmullo de placer por leer estos versos de una amiga… me atrevo a decir… de una buena amiga.

Ya lo veis, ella es Libe Li la chica de los ojos verdes que nunca te dejará indiferente ante sus palabras, ni ante sus escritos… ni ante su mirada…

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Gracias por tus “bersos” querida amiga, esa mezcla de besos versados…

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De retrasos, cancelaciones y plantones

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Como me he dado cuenta que el sentido común es el menos común de los sentidos (y yo soy muy sentidote), creo conveniente escribir esta nota para comentarles mi tolerancia respecto a retrasos, posposiciones, cancelaciones y plantones, cuestiones importantes que vale aclarar por la mínima consideración entre personas.
En cuanto a los retrasos, usualmente no tengo problema en esperar, suelo no molestarme cuando alguien se demora y soy muy comprensivo en cuanto a las mil situaciones por las que una persona puede llegar tarde a una cita. Sin embargo, eso no garantiza que no me irrite si la espera es mayor a media hora, no tanto por el retardo, sino por factores eventuales que ahora sí me desesperan, como la cantidad de gente alrededor, el clima, el ruido, mi cansancio, la hora de inicio del evento al que hayamos acordado acudir, etc. Finalmente, para mí, lo importante es que la persona llegue aunque no sea puntual (habiendo evitado, por ejemplo, recurrir a inventar un pretexto para no arribar).
Respecto a reagendar citas, tampoco tengo ningún inconveniente pues sé que luego surgen situaciones de improviso o que hasta llegamos a olvidar compromisos acordados previamente. Dado que creo importante el hecho de cumplir con aquello en lo que hemos quedado, suelo agradecer enormemente que mejor me pospongan alguna cita a que me dejen esperando, en la eternidad.
CallejaPor otro lado, las cancelaciones también las agradezco, si me avisan antes de que salga rumbo al punto de encuentro. Si la cancelación me es informada cuando voy en camino o ya que estoy en el lugar, es molesto pero por lo menos resulta mejor que ya no tenga que estar perdiendo tiempo esperando en vano. Si me cancelan en una ocasión, considero que se debe a una situación imprevista, de última hora; si lo hacen una segunda vez, me parece que podría ser una coincidencia o tal vez no, pero aún me resulta tolerable; empero, si lo hacen por tercera ocasión, y de manera consecutiva además, lo tomo como una demostración triste de desconsideración hacia mi persona y al vínculo afectivo que tengamos. 
Si me cancelan tres citas o si, de plano, me dejan plantado (que nunca cancelaron ni pospusieron el encuentro pero no llegaron, a pesar de haberlos estado esperando hasta una hora en el sitio acordado), pueden irse mentalizando a que no volveré a buscar verlos o a considerar comprometerme nuevamente con ustedes, dado que ambos casos me parecen una muestra muy obvia de desinterés en mi compañía, de falta de compromiso y de antipatía (o sea, cero empatía) hacia mi persona y a la compañía (poca o mucha) que les haya podido brindar. Según yo, esto no es de amigos.
Así pues, ahora sobre aviso no hay engaño, ¿va?

I’m waiting here

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Estrellas fugaces han aparecido en las pocas ocasiones que he volteado al cielo,

luego noto la brisa y me siento a pedir un deseo,

sigo armando el telar,

cada vez que te vas,

cada vez que me duermo.

I’m waiting here

As we fall
never forget me, dear
Your new love will
only find you there
Your deepest hell
never be same as when
we made love
where the horizon melts

We made love
under a dark moon
I’ve burned a lot of bridges
Some castles were made of sand
Only then

I’m alone
look at the sky, my dear
I am not
every falling star
Make a wish
every time I leave
so we can love
until infinity

David Lynch con Lykke Li
The big dream
2013

Maléfica

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La segunda mitad de Joven y bonita (Jeune et jolie, Francia, 2013) de François Ozon, me hizo recordar algo: hijo que no se rebela a sus padres y les hace ver su suerte, cimbrándoles su mundo, arrebatándoles desconcierto, es alguien que no cumplió con lo único que estaba obligado a hacer en la vida.
(Más si lo haces prostituyéndote… sin necesidad, sin culpa).

Esta resulta ser una película más maliciosa (y, por tanto, disfrutable) que ese producto llamado Maléfica: Los fondos digitales del supuesto bosque son más cursis, ridículos y falsos que los de Oz, el poderoso; La Bella Durmiente es más boba que María Mercedes; los humanos son idiotas porque van a luchar contra un hada omnipotente que se los chinga bonito a pesar de que hasta ese momento su inocencia no conoce todavía el daño que pueden hacer (o sea…) y por eso confía en el escuincle con el que flirtea como si estuvieran en una prepa cualquiera; los árboles se humanizan para pelear bien cabrón y hablan otro lenguaje pero necesitan ser halagados porque si su vanidad no se complace también se encabronan; de ahí en fuera todos los demás hablan y entienden el idioma universal de Disney (no, no es el amor, es el inglés); Maléfica y el futuro rey se besan en el bosque mientras transcurre su adolescencia pero las hormonas no los hicieron fajonearse durante esos años, afortunadamente; la princesa de vuelta en el castillo es hipnotizada para ser pinchada como si fuera la niña de Juegos diabólicos; las ruecas fueron aventadas en un lugar del castillo en lugar de haberlas quemado siquiera pa’ hacer una fogatita en alguno de esos 16 inviernos que se atravesaron; la protagonista tiene un look que parece variación de Gatúbela (versión Michelle Pfeiffer) cruzada con el fauno de El laberinto del fauno; ningún humano cruzó el bosque porque Maléfica estaba, se supone, encanijada con ellos, pero el príncipe adolescente atraviesa como si fuera su patio, sin pedo alguno (el otro rey no debía estar enterado de la cólera del hada, obvio, a menos que ya tuviera la intención de deshacerse de su vástago que parece miembro de One Direction) y Maléfica puede haberse emputado un chingo pero eso no quita que su corazoncito de madre surja como el amor verdadero en una escena donde juro que clarito le vi cara de Sara García (nomás porque no lloró que si no, le ganaba a la mismita Libertad Lamarque). De las películas más ridículas que me he chutado y no le encuentro por ningún lado algo digno de tomarle en cuenta.