La imagen como tabú

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El tótem es, por lo general, un animal comestible y más raramente, una planta o una fuerza natural. El tótem es, en primer lugar, el antepasado del clan, y en segundo, su espíritu protector y su bienhechor, que envía oráculos a sus hijos y les conoce y protege aun en aquellos casos en los que resulta peligroso. Los individuos que poseen el mismo tótem se hallan sometidos a la sagrada obligación, cuya violación trae consigo un castigo automático, de respetar su vida y abstenerse de comer su carne o aprovecharse de él en cualquier otra forma.

El tótem se transmite hereditariamente, sobrepasando la subordinación a la tribu y relegando el parentesco de sangre. Los miembros de un mismo tótem no deben entrar en relaciones sexuales y, por lo tanto, no deben casarse entre sí. La naturaleza de la creación simbólica y altamente representativa del núcleo social del tótem determina la aparición del tabú. El tabú presenta dos significaciones: la de lo sagrado o consagrado y la de lo inquietante, peligroso, prohibido o impuro. El tabú se manifiesta esencialmente en prohibiciones y restricciones.

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Así pues, hoy día no podemos ignorar que vivimos en una sociedad donde las imágenes no sólo nos acompañan sino que hasta nos determinan. La imagen se ha vuelto fundamental para asociar cualquier elemento a una forma determinada que nos ayuda a ubicar las relaciones de ese objeto con el entorno y a su vez, nos devuelve una imagen transformada de lo que pretendíamos conocer en primera instancia de esa misma forma. Puesto que nuestros sentidos los hemos subordinado a la experiencia visual, también nuestros deseos se han canalizado en esa manera y la manera básica en la que reconocemos el mundo se vuelve un arma de cierto filo peligroso y por lo tanto, restringible.

Puede observarse que muchos de las prohibiciones que constituyen los códigos básicos de conducta de nuestras sociedades contemporáneas se encuentran enraizadas en viejas prácticas que, independientemente de los credos, sobrepasan su límite y se sobreponen a la constitución de la sociedad. Los actos que se han erigido como violaciones a la conducta implantada a los hombres a través de la formación y deformación de nuestras costumbres tribales nos ha llevado a tomar en cuenta irremediablemente que para evitar la transgresión de los códigos es necesario renegar de sus asociaciones sensitivas, particular y poderosamente la imagen.

Así pues, el objeto queda asumido como un elemento negativo gracias a que su observación o siquiera, su elaboración mental en forma de recuerdo o imaginación, pueden representar un peligro en tanto que catapultan el deseo que se debe hallar constreñido a las necesidades del grupo y del medio en el que se desenvuelve, cuyo orden no se puede revertir sin tomar en cuenta un grado de rebeldía que necesariamente tiene que mover todas las estructuras psíquicas y sociales del individuo.

De este modo, la forma determinada y por consiguiente, el objeto en sí, que no son lo mismo en virtud de que uno es la representación de la existencia del otro, asumen un grado inmediato de suciedad, de corrosión, de negatividad que no puede desprenderse de esa necesidad individual por verlo y poseerlo. La relación tensa entre el reconocimiento del deseo y la inmediata negación de éste catapultan en primera instancia los sentimientos de culpa y también una necesaria búsqueda del placer y de reconocimiento, de aprobación,para sentar las bases de la oposición placer-bondad, de tal manera que si soy bueno, tengo que evitar el placer o, por lo menos, ocuparlo en los espacios y en los modos en los que es permitido pero a la vez tengo que conseguir que sepan que no soy malo y me asuman como tal para lo cual tengo que seguir los mismos lineamientos de represión, evitación de los elementos sensuales y asumir el código de conducta vigente.

En medio de una explosión de imágenes en donde el deseo forma parte fundamental de la mercadotecnia actual es imposible sustraerse de este fenómeno de reconocimientode las necesidades de placer pero también de los tormentos que esto puede provocar para el individuo ya que, si sigue el orden establecido, tiene que formar una doble personalidad que subyuga todo lo que sabe que desea y no puede ser o tener, puesto que además no se atreve a conseguirlo; o también debe detener el impulso por conseguir lo deseado, ya que necesariamente hay que transgredir alguno de los lineamientos e ir contra el orden es el equivalente a cortar el cordón umbilical ya que el código no sólo establece las limitantes del individuo sino que fundamentalmente constituye su referente, por lo que atentar contra el orden es atentar contra la madre, contra el jefe… y, carente de guía, no hay certeza visible en el horizonte ya que Dios también constituye parte nodal en la asociación de limitaciones e impurezas.

El placer entonces, no puede estar asociado a los sentimientos. La bondad no está representada por la necesidad de satisfacer éstos sino por la convicción firme, tenaz y persistente de reprimirlos.  

Ensayo terminado el 9 de diciembre de 2006.

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