La televisión interactiva

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La cultura audiovisual ha sustituido la capacidad de los seres de formarse en la lectura, entendiendo a este hecho como algo que no es meramente anecdótico sino determinante para generar un cambio en la cultura, de tal manera que los códigos y los significados de referencia se transforman para estar en función de la imagen.

la-planta-que-ilumina.jpgAl contrario de lo que muchos sostienen, la televisión no es un medio donde se refleje la democracia como una actividad participativa, puesto que los contenidos de la programación televisiva no muestran la realidad ni invocan a los grupos sociales a verter sus problemáticas y sus vivencias, sino que se utiliza el medio para entregarle a los individuos un modelo de necesidades de consumo impuestas por los anunciantes, los cuales están detrás del verdadero negocio que constituye la televisión.

De tal manera, la supuesta participación del televidente en los programas que disfruta queda en entredicho, puesto que nunca ha sido considerado al momento de planear la programación, no por lo menos como un ente propositivo sino sólo como un sujeto receptivo, papel que el auditorio asume con la mayor de las naturalidades en un mundo que, tras cinco décadas, se ha acostumbrado a ello y ha adaptado sus necesidades y su ritmo biológico a los tiempos de la televisión.

Pero no solamente se limita al campo de los contenidos televisivos, pues la cultura audiovisual ha creado una dependencia de las sociedades modernas a todo lo que está representado pues en esas representaciones se debaten el conocimiento y la libertad del hombre. Para que exista un real campo de acción en el que el individuo se pueda desenvolver y generar sus propias formas de entretenimiento, de recreación o de creatividad, debe haber una disposición genuina a la actividad, una fuerza motriz, lo cual en los tiempos actuales se torna difícil puesto que los individuos están sobreexpuestos a actividades, vaivenes y mensajes que lo fatigan hasta inducirlo a pasar el tiempo llamado libre aislado de su entorno, “comunicado” o conectado al mundo a través de un medio con el cual no tiene que hacer esfuerzo físico mayúsculo sino cómodamente relajarse y participar de lo que esa parte del mundo le convida.

Por tanto, hay un condicionamiento real en los sujetos que los dispone a pasar el tiempo frente al televisor sin sentir que está desperdiciando el mismo. En tanto es un acto voluntario, podemos decir que la voluntad de los humanos se encuentra sujeta a las disposiciones de pequeños grupos que se encuentran detrás del poder y de la toma de decisiones en el ámbito de la realidad que quieren o pretenden reflejar. No se desfasan de la realidad, simplemente la idealizan para generar una sensación de placer y alivio que socava la tensión cotidiana. De tal manera que la medicina es opio.

Si en primera instancia, la dependencia a los elementos audiovisuales se ha vuelto nociva, en tanto se confirma limitante, no sólo queda en el ámbito del condicionamiento socio-familiar, sino que abarca también el ámbito de lo público, de lo colectivo, a través de la llamada opinión pública, un ente amorfo y amplio que pretende amalgamar los distintos reclamos y pensamientos de los seres para darles una uniformidad con la cual definir la forma en la que somos gobernados.

La tele ejerce un poder de veracidad que le es conferido por una cultura de la imagen que establece que lo que no se encuentra a cuadro, no existe. Así se plantea que en las democracias coadyuva a ejercer una mayor vigilancia de sus procesos sociales lo que se da por supuesto que en los países no democráticos no sucede, territorios en los cuales puede haber masacres terribles, que no necesariamente se deben a conflictos endógenos, pero de los cuales el mundo no se entera y, por lo mismo, nadie condena. La televisión no es revolucionaria.

Algo que nos toca vivir muy de cerca es la forma en la que la televisión nos vende personas en lugar de propuestas, de discursos. Las decisiones electorales se dejan al reflejo de lo que la imagen de los candidatos nos provee, de tal manera que vivimos en una democracia de reflejos, de apariencias y destellos. Por lo mismo, la democracia misma es una pantomima puesto que la sociedad permanece sustentando el sueño de una personalidad en campaña. El pueblo delega la función de gobierno a una persona ya que los mismos individuos desconocen la realidad que les circunda aunque les sea más cercana, lo único tangible son las necesidades individuales y del entorno cercano.

Ea pues, la abogada nuestra, la televisión, se presenta como una antesala para lo que habrá de venir en términos de digitalización y de multimedia, permitiendo que los individuos nos entusiasmemos más con las posibilidades infinitas de telecomunicación virtual y aislamiento y pasividad físicos. Poca gente se permite ir contra la gran masa, entusiasta ante las posibilidades de los nuevos medios e inmersa en la cotidianeidad de la cultura audiovisual, para poner un poco de freno a tanto ruido y darse la oportunidad de reflexionar en qué estamos metidos. No es algo nuevo que los medios se vuelven contra los sujetos para abandonar con apremio su papel de sencillos instrumentos transformándose en motores o fines en sí mismos. En este caso, el peligro es mayor por la alta disposición de las nuevas generaciones para adaptarse a las condiciones que ofrece el ciberespacio y la enajenación que se extiende por medios como los videojuegos o el cine de entretenimiento, espectros que también han sido asimilados por internet. Por ello, en estos momentos donde se discute la posibilidad –o imposibilidad, depende del lado de la acera en que se encuentre- de una tercera cadena nacional televisiva, hay que tener especial atención en la dirección que toman los medios y la posición que adoptamos ante ello.

Ensayo terminado el 9 de diciembre de 2006.

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