De Tiempo de morir

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El productor de cine Alfredo Ripstein Aronovich murió la noche del sábado 20 de enero pasado, a la edad de 90 años. Por ese motivo se preparó una exhibición de 4 de los largometrajes producidos por su compañía Alameda Films. No debe extrañar el número de cintas escogidas para armar esta retrospectiva de la obra de un cineasta dado que la Cineteca Nacional ha tendido a armar magras exhibiciones de ciclos in memoriam, como ocurrió en enero con el caso de Robert Altman. Sin embargo, es justo observar que, si bien se le reconoce a don Alfredo como un destacado promotor e ideológo del cine mexicano, es mayor la cantidad de películas producidas por él que la calidad de las mismas. Por tanto, con una carrera que abarca la producción de 120 largometrajes desde su fundación en 1948, Alameda Films tiene pocos títulos destacables en medio de un centenar de filmes de entretenimiento. De tal suerte, en el ciclo sólo podrán observarse algunos de los títulos más recientes como Principio y fin, El callejón de los Milagros y El crimen del padre Amaro. Inicialmente estaba programada la exhibición gratuita de un cuarto filme que data de 1965, Tiempo de morir, pero que fue retirado de la cartelera. Aprovechando la ocasión, creo que vale la pena hacer una revisión de una película que ha sido poco recordada.

Juan Sáyago vuelve a su pueblo después de 18 años en la cárcel a causa del asesinato de un hacendado, empeñado en reencontrar a su novia de juventud Mariana, a quien encuentra viuda y con un hijo, así como en levantar su casa de las ruinas. El retorno aviva el deseo de venganza de los hermanos Julián y Pedro Trueba, hijos del difunto. Sin embargo, Pedro empatiza con Juan al conocerlo a su llegada al pueblo y no reconocer de quién se trata, por lo que se confronta con su hermano. Al descubrir la identidad del forastero, Pedro se une a Julián en su hostigamiento a Juan, quien ha decidido no responder las agresiones que, ante su negativa de irse a vivir a otro pueblo con Mariana, lo van acorralando y orillando a responder a las amenazas de muerte de los hermanos Trueba.

Tiempo de morir fue el primer largometraje de Arturo Ripstein. Tenía dos años que la primera escuela de cine se había abierto en el país, el CUEC, por lo cual la primera generación aún ni egresaba. Sin duda, la oportunidad de realizar su ópera prima a la corta edad de 21 años se debió a la suerte de ser hijo de un productor, que financiaba principalmente churros. Esto resultó ser una ventaja para poder acceder a la realización del filme, en una época en la que los sindicatos aún estaban cerrados controlando a los miembros que podían intervenir en las filmaciones.

A principios de los años 60, Gabriel García Márquez trabajaba en el medio publicitario y su interés por asentarse en México radicaba en el deseo de hacer carrera como guionista. Las necesidades económicas terminaron por hacer que García Márquez tomara proyectos por encargo, entre los cuales planeó un guión que se titulaba simplemente “El charro”, cuya trama se desarrollaba en la provincia mexicana, manejando los estereotipos del cine de rancheros. Al acercarse Arturo Ripstein con García Márquez, consiguió que su padre le diera el capital necesario para realizar una producción barata, por lo cual la concentración de los personajes y de la acción resultaba fundamental. La condición impuesta resultó ser la adecuación de la ambientación para que pareciera una película de vaqueros. Así que la paradoja de la yuxtaposición de géneros resulta evidente al analizar el filme. Sin embargo, funciona.

Por razones obvias del incipiente conocimiento técnico y de la puesta en escena del novel director, hay algunos defectos en los planos evidentes, como las sombras de la cámara proyectadas sobre los personajes, rompimiento del raccord, una polvareda en la secuencia final que en algunas tomas no está y en otras aparece como una niebla densa y variaciones en la iluminación. La película está construida en el manejo del espacio de tal manera que la cámara se adapta al desplazamiento de los personajes forzando en algunas ocasiones el movimiento de la cámara para evitar los problemas de continuidad pero los planos aciertan al funcionar en la acentuación de la atmósfera de pueblo fantasma de la locación.

Juan Sáyago aparece como un asesino, al principio de la cinta, lo que lo convierte a ojos del espectador en un villano. Su desasosiego estaría producido por los años perdidos que tuvo que pasar en la cárcel para purgar su pena. Así que ahora su bondad no sería más la que necesidad de ser aceptado nuevamente en a comunidad de la que fue desprendido. La búsqueda de identidad y la nostalgia bucólica se vierten sobre el personaje al volver sobre sus pasos varios años después, hacia aquellos lugares que hoy día ya no le reconocen porque no invocan al pasado sino a un presente del que Juan ya no forma parte. La búsqueda de origen y de pertenencia, el constante círculo que, en este caso, no forma parte de la vida de Juan sino que la marca. La necesidad vital del personaje reclama aquello que le fue arrebatado, víctima de la ofensa social, incluyendo la burla y la persecución como elementos denigrantes y a la muerte como único elemento restituidor del honor de un hombre que se convirtió en un asesino circunstancialmente pero que mantiene intacta su dignidad y orgullo pese a perder años de su vida en el encierro.

La tristeza que embarga al personaje es fielmente interpretada por Jorge Martínez de Hoyos, quien da vida a Juan Sáyago con una sobriedad profundamente conmovedora. A través de la misma, es verosímil que de inmediato se establezca un lazo filial con Pedro Trueba, el hijo menor del difunto Raúl, quien ante la falta de recuerdos se deja llevar por la ira y la imaginación atribulada de su hermano Julián. La falta de asideros y la ausencia del padre como elementos que confieren a Pedro su necesidad en la búsqueda de una razón para vivir (la muerte de Sáyago cuando sea liberado) o de la imagen paterna que no tuvo. La conexión con Juan, empero, es instantánea, de tal forma que la simple idea de asesinar al padre sustituto se convierte en el detonante que llevará a los hermanos a enfrentarse, en una manifestación de la hombría y la lealtad al extremo al momento de que Julián nota que su hermano no comparte la misma rabia por la ausencia paterna, en un acto de reclamo y sustitución padre-hijo.

Hacia el final, Pedro tendrá que enfrentar la contradicción entre el dolor y la justicia con una decisión extrema que tal vez le hará entrar a su propio círculo de infierno. Así que se vuelve presente la transferencia de destinos, la victimización dentro de una cultura machista como germen de violencia que desencadena eventos trágicos a los cuales el individuo no puede escapar y que determinan la amargura que acompaña a los pueblos. La soledad que hay en esas calles transpira la amargura de los mismos personajes que habitan en ellas, escondidos de sí mismos y tal vez abrumados por su condición, como el viejo Casildo, quien paralítico tiene que permanecer en cama sin poder seguir haciendo alarde de sus explosivas actitudes varoniles, como su afición por el tiroteo.

Algo similar a Pedro ocurre con Julián sin embargo, su odio está marcado por la admiración a la figura, al símbolo del padre que le mostró el camino del pretendido honor, quien pudo presenciar en vida al padre capaz de humillar a Juan sólo por haberle ganado una carrera de caballos. El juego como elemento de hombría y la hombría como virtud. Si la virtud estaba mancillada no había más que vengarla. Y con la muerte del padre, a Julián le fue maculada su hombría.

Marga López cumple con una actuación pulcra que logra conferir de intensidad a la hierática Mariana, novia de pueblo que tras el encierro de su novio tuvo que resignarse al curso de los rituales sociales para adherirse a un hombre que terminó queriendo por la fuerza de la costumbre, confinada a las cuatro paredes de su casa en señal del duelo ante una temprana viudez, con un hijo que, sin embargo, logra recomponer y dar sentido a su vida, porque el varón libera los complejos respecto a la figura del novio que, inconscientemente, la traicionó a cambio de limpiar su honor y del esposo benefactor que, sin embargo, no pudo despertar la pasión que Juan llevó consigo.

Hay rasgos profundamente machistas dentro del comportamiento de los personajes pero que son reales dado que en la provincia de los años sesenta no se vivía la pretendida modernidad que desde el periodo alemanista se había alentado en las urbes. A pesar de esto, la invasión de valores ajenos al ambiente rural puede vislumbrarse en pequeños detalles como la escena en la que Sonia le pide a Pedro que le dé un beso. Pedro le besa la mejilla y ella reprocha que no sea en la boca, lanzándose apasionadamente a hacerlo ella misma. La pasión de la mujer en un ambiente provinciano no tenía presencia en el cine nacional.

Sin embargo, ese mismo machismo puede dar lugar a escenas tan conmovedoras como el momento en que el protagonista aparece en casa de Mariana y al observarla sólo alcanza a decir “Tengo sed” con lo cual Mariana se dirige hacia un barril de donde saca agua para el sediento. Destacable la capacidad de Marga López para transmitir la emoción contenida que el personaje siente ante el arribo de lo que podría ser un fantasma así como la parquedad de Martínez de Hoyos, con la serenidad emotiva propia de su personaje en toda la cinta, en una secuencia donde transmiten el afecto reprimido que, tras años, ha persistido.

Arturo Ripstein inició así una larga e importante carrera con algunos de los temas que caracterizarán su cine hasta la fecha, hurgando en el dolor, la ausencia, la incapacidad para amar en un mundo desolador y la culpa social, mismas vertientes que habrán de aflorar en películas como El castillo de la pureza, El lugar sin límites, El imperio de la fortuna, Carnaval de Sodoma o Principio y fin, cuarto y último filme que Ripstein padre produjo a Arturo. Cabe señalar que Tiempo de morir tuvo una nueva versión colombiano-cubana en 1985 dirigida por Jorge Alí Triana, quien también dirigiera la fallida Edipo alcalde, y ahora hay un proyecto en ciernes para volver a filmarla nada menos que bajo la dirección de Rodrigo García, hijo del argumentista original y premio Nobel de literatura, quien se ha distinguido por su sensibilidad en la dirección de actrices en las estadunidenses Con tan sólo mirarla y Nueve vidas.

Destinos que se cumplen en un pueblo donde todo el mundo se está yendo, donde ninguno de los escasos extras viene a cámara, sino que se aleja, haciendo un paralelismo con el movimiento de los personajes que solamente siguen las pautas que un destino, en apariencia traidor, les ha sellado como soga al cuello.

Tiempo de morir. México. 1965. Dirección: Arturo Ripstein. Guión: Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Fotografía: Alex Phillips. Edición: Carlos Savage. Música: Carlos Jiménez Mabarak. Sonido: Jesús González Gancy, Galdino Samperio y Reynaldo Portillo. Producción: Alameda Films (Alfredo Ripstein, Jr y César Santos Galindo). Reparto: Jorge Martínez de Hoyos (Juan Sáyago), Marga López (Mariana Sampedro), Enrique Rocha (Pedro Trueba), Alfredo Leal (Julián Trueba), Blanca Sánchez (Sonia).

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