Manos a la tierra

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El sábado 1º me alisté para ir cerca del Nevado de Toluca a reforestar, algo que desde la secundaria no hacía, y no es lo mismo hacerlo en un vivero controlado que en un lugar abierto. La convocatoria parecía provenir de una buena organización de una asociación civil apoyada por instituciones y empresas importantes, lo cual hacía dar confianza de que saldría algo muy positivo.

Lo primero que no me gustó mucho fue el casi nulo eco que propició invitar a todos mis contactos (de hotmail) a ir a reforestar, sólo contestaron tres de los cuales sólo uno dio señales de vida, por cierto, un chavo al que sólo había tratado por el mensajero instantáneo. Pero conocer a alguien nuevo en estas condiciones fue particularmente padre.

Luego, llegamos hasta el Centro Cultural La Pirámide, en San Antonio y Periférico, y llegamos, nos dijeron que nos subiéramos a un autobús, el que fuera, sin que alguien confirmara que fuéramos personas registradas por medio de la página de internet a la que había que ingresar o por medio de la línea telefónica.

La cita era a las 8:30 am, salimos pasadas las 9 de la mañana y llegamos al área a reforestar en el municipio de Zinacantepec hasta las 3 de la tarde. Desde que dejamos la carretera, el camino de terracería fue de una hora y pico de trayecto, ya que el operador del autobús de adelante resultó muy torpe para conducir por caminos tan accidentados y estrechos, lo cual nos retrasó. Luego, de donde llegaron los autobuses a estacionarse todavía tuvimos que caminar algo así como una hora para el punto donde estaban los arbolitos que debíamos plantar. Una vez que intentamos organizarnos la verdad es que todo se hizo como se pudo, había plantas que nos estorbaban para llevar la distancia que se nos había indicado como la ideal para plantar y además nos perdíamos de vista, sin contar que nos cruzábamos con personas de otros grupos que estaban aparentemente igual de perdidos que nosotros.

Algo positivo en nuestro grupo es que el chavo que nos guiaba estaba muy tranquilo y propició que nos presentáramos y hablaran muchos de los que iban en el autobús en el camino de ida, lo cual ayudó a romper el hielo.

Total, como nos dio a entender el asunto empezamos a reforestar. Hoyos mal cavados, cepas de diferentes tamaños, algunas más cercas de otras que las restantes, otras junto a matorrales, unas mal cubiertas de tierra, en fin. Yo no quería cavar y terminé quedándome con una pala, por lo visto nadie lo quería hacer, así que tuve que hacerlo a pesar de que estaba muy reciente mi operación del brazo (cuando me cambié la gasa en la noche noté que la herida sangró), por lo cual en algún momento me sentí muy fatigado, luego sin comer peor, así que paré con el objetivo de ir a comer algo. Cuando estaba comiendo mis emparedados llega el líder de los guías para comentar que a las 4:30 paráramos de reforestar para comer, puesto que a las 5 nos debíamos concentrar para acometer el retorno a la ciudad. Pero antes de las 5 y de que pudiéramos terminar de comer, empezó a llover, no había dónde cubrirnos, quienes no llevamos impermeable terminamos escurridos en agua, con la neblina casi encima de nuestras cabezas, las manos frías y teniendo que caminar entre lodo para regresar a donde estaban los autobuses, atravesando un río y luego esperando a todos los que en el camino se perdieron. Fue una hora en los camiones de espera de los perdidos, los guías quién sabe para qué sirvieron. Afortunadamente nosotros no nos separamos mucho por lo cual prácticamente llegamos juntos.

Ya en el autobús la convivencia fue más chida, platiqué con los chavos y los señores que iban, hasta en ese momento me sabía el nombre de la mayoría, ni me quería bajar del camión, cuando llegué a la ciudad sentí que me separaba de una familia, pero el punto en el que se creó esa sensación fue muy breve y estuvo condicionada por una mala organización que volvió frustrante ir a reforestar un predio que resultó ser de unos particulares, así que en realidad hay que recordarlo como una excursión, en donde a otros grupos les fue peor: uno se descompuso su autobús en el camino y tuvieron que caminar todavía mucho más que nosotros, de manera que cuando nosotros emprendíamos el regreso a los autobuses ¡ellos apenas estaban llegando! Y en ese grupo estaba la compañera bióloga Tania, que al hablar con ella posteriormente estaba que se la llevaba la tiznada de lo molesta que terminó, su guía de la manera más idiota no sabía qué hacer y no estuvo al pendiente del bienestar físico de quienes estaban a su cargo, ignorando una molestia de Tania, además de hacer un comentario despectivo bastante estúpido. En el camino al paraje San Juan, mi guía se estaba presentado con el chavo que era guía de otro grupo ¡ni entre ellos se conocían!

Regresamos a las 9:30 de la noche, para una reforestación que en la práctica no duró ni una hora, salvamos al mundo… ¡felicidades!

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