San Miguel de Allende

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Bueno, pues se dio que me invitaran a Celaya para de ahí lanzarnos a San Miguel de Allende, sabía que eso implicaría un gasto que igual es un lujo que me estoy dando, pero ¡qué diablos! ¿por qué no? Sé que la distancia no ayuda en nadita a olvidar lo que uno trae, por lo menos cuando fui a Monterrey pude comprobar cómo la distancia, sea temporal o espacial no resuelve lo que uno tiene que acomodar en el alma, en la mente… Pero pues había que hacerlo, no sé bien porqué.

Llegamos con amigos de mi amigo y resultó de pronto que todos ellos eran homosexuales, no es por parecer discriminatorio ni porque me haya sentido amenazado sino porque era raro, creo que antes no habìa estado tan rodeado de tantos hombres homosexuales que con franqueza lo asumieran. 

El punto es que estuvimos en un antrillo, muy exclusivo de allá pero la neta no es la gran cosa, en donde curiosamente el único abordado por un hombre fue…. ¡así es! Fui yo… qué caray, buena onda el chavo pero la neta pues no, qué le voy a hacer. Ojalá la suerte que tengo con los hombres la tuviera con las chicas, que me vieran igual de atractivo y buena onda.

Y Celaya me trajo la búsqueda de la felicidad… bueno, más bien de mi portacredenciales donde venía nada menos que mi tarjeta de débito, ya me veía desamparado sin dinero haciendo todo el pinche trámite para dar de baja el plástico con el banco, pero afortunadamente el personal se movió y encontraron lo que perdí, qué alivio… Pero no conforme, horas más tarde perdí mis llaves lo cual me obligó a pernoctar en casa de mi amigo Guillermo (a quien ya tenía un ratote de no ver) y el lunes a la hora de irme a trabajar apenas venía en camino a casa para conseguir un cerrajero. Tan fácil y tan difícil entrar a casa, caray…

Por esa razón, llegué tarde al trabajo el lunes, pasadas las 11:30. La nota alegre es que voy atravesando por Río Neva al llegar a la esquina donde se encuentra la oficina de Eva y que volteo pensando en que deberá estar adentro porque las “cortinas” están levantadas y me imaginé lo chistoso que sería que la encontrara afuera, dado que se supone sigue sin querer verme, cuando escucho una voz que me dice “¿Por qué tan tarde?”. Y verla ahí, parada sosteniendo el vaso de crema irlandesa, me hizo sentir bien, me dio mucho gusto… aunque no sabía qué hacer, si hablarle como si nada, si darle el beso en el cachete, si agachar la mirada. Caray, qué curiosa es la vida…

a-broken-frame-006-1280.jpgAh y de San Miguel, por cierto, cabe decir que está bonito y chiquito, con mucha gente considerando el tamaño del sitio pero por otra parte no escapó a lo que se podía esperar, matracas, trompetillas, sombreros, viva México, gente borracha, baile de música “mexicana” gruperitas y norteñas, turistas flotando en el ambiente y compatriotas esnobistas que, como nosotros, terminamos una noche festiva en un barecillo con bebidas embriagantes y música electrónica, como hubiera podido ser aquí, ir tan lejos para hacer lo mismo, qué locura…

Un comentario sobre “San Miguel de Allende

    Ariadna escribió:
    21 septiembre 2007 en 4:24

    Había olvidado aclarar (públicamente) que no son cortinas, sino persianas. Persianas que son la prueba de cómo se pueden ahorran 40 mil pesos🙂

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