El principio del fin

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Esta entrada había tardado en escribirla, de hecho, debió haber sido la primera del año, incluso debió haberse escrito el mismo día de mi cumpleaños el año pasado pero como cayó en sábado y tuve que salir temprano al desayuno que me organizaron pues ya no tuve cabeza para dedicarle unos minutos nalga a escribir al respecto.

Pero ahora que el efecto pasajero de las ampolletas que me habían vertido en la peluquería se ha desvanecido de la misma forma en la que se escabulló la estilista de ese local, dando paso nuevamente a un paisaje desierto zurcado por alguna extensiones del cabello que hace no mucho aún cubría abundantemente el cuero, que la panza no quiere ceder, más si contamos que sigo en mi perseverancia de no querer hacer el mínimo ejercicio, dejando atrás las clases de ciclismo estacionario a las que sorprendentemente me había hecho afecto, que lo que parece que se había construido con mucha perseverancia, paciencia y un rebuscado optimismo que sacaba bríos de no sé qué parte de mi dermis, se está resquebrajando, que las palpitaciones cada vez se encuentran más marchitas y que las lágrimas vuelven a caer con la facilidad que harían pensar en la temporada pasajera de lluvias del interior, parece oportuno retomar el hecho de estar a punto de dejar los veintes, de pasar a los “tas”, cumpliendo 30 es como cumplir cuarentas, cincuentas, sesentas… es como haber llegado a la vejez.

Recuerdo que todavía hace un par de años la gente cercana a los treinta me parecía amenazante, los veía irremediablemente como señores, ahora me espanto terriblemente de sentir que estoy entrando en la misma frecuencia en la que no me siento pero la imagen que devuelve el espejo hace pensar que definitivamente tengo que empezar a reconocer que la vida está cobrando facturas crepusculares.

Ya no me hallo a gusto con la ropa que visto, ya no sé cómo caminar, no me reconozco en los señores, no me acomodo con los chavos.

La piel ya no tiene el mismo vigor, el deseo se ha mermado, casi extinguido, no hay huellas de haber recorrido estos poros, el amor se ha vuelto una promesa vana, un estandarte para seguir navegando pero ya no el motor del navío, las arrugas hacen presencia y en lo que resta de cabellera las canas hacen más remarcable la distancia entre los que hasta hace poco parecían cercanos en edad, en intereses, en conversaciones.

He vuelto a estar un fin de semana sin qué hacer en casa, he vuelto a encontrarme sin planes, sin alguien a quien querer invitar a hacer algo, se me ha escapado el tiempo sin hacer todo lo que me proponía, cada vez me cuesta más trabajo encontrarle pies y cabeza a lo que estoy haciendo.

Sigo consumiendo minutos, cada segundo está más cerca el fin.

…Mi amor por ti.

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