Propósitos

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El primer propósito, el primordial y relevante, debería ser que la vida tenga un propósito. Ante semejante despropósito, cualquier objetivo ulterior palidece.

El hecho de no plantear propósitos al inicio de cualquier ciclo, no sólo de año nuevo, tiene que ver con la fatuidad de lo humano ante el omnipotente azar y con la necesidad vana de querer controlar lo que nos sucede. Sin duda, la falta de fe en que haya algo superior o metafísico que nos apoye (o determine) para su consecución y la carencia de un ánimo optimista (por no hablar de una conveniente actitud mercantilista o utilitaria nombrada como emprendedora y/o exitosa) convierten los intentos por generar objetivos puntuales en algo irrisorio.

Las metas personales han devenido en aquellas más básicas, de las cuales intentaba huir por su simplicidad pero a las que me devuelvo dada la utilidad de la constancia, pese a una clara asunción mecanicista: la sobrevivencia podría ser una finalidad que lo resuma todo.

Además, trabajando durante ya bastante tiempo el desapego, resulta adecuado no generar expectativas que los propósitos conllevan, mínimo si se refieren a la interrelación con otros congéneres. Sin embargo, la disminución de la frustración al no esperar algo específico también acarrea el problema de asumir la falta de movimiento.

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