soledad

Empatía

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Un momento muy doloroso en la vida (por lo menos en la mía ha sido el mayor) puede ser cuando la persona amada decide irse. Quedamos con una sensación de abandono tan brutal que nos permite darnos cuenta -tiempo después- hasta qué punto no estamos habituados a la soledad y a hacernos cargo de nosotros mismos, con gusto. Quizá en ese momento es cuando la compañía resulta más necesaria, un gesto que nos haga percibir solidaridad y aprecio, recibir algo cuando nos sentimos con un enorme vacío. Como amigos, tal vez falta que lo tengamos presente, los tránsitos de dolor es cuando sabemos en quién podemos apoyarnos cuando desfallecemos, cuando no queremos saber nada o no identificamos cómo tener un mínimo aliento.

Soledad lìquida

En su oportunidad, hace años, hice una petición a algunos amigos, pues en las noches siguientes a la partida yo no quería dormir solo con mis monstruos, con los fantasmas rondando, y ese llamado lo atendió solo uno, algo que guardo con mucho cariño y agradecimiento, Arturo Garza, justo por el acompañamiento en un tiempo amargo y de mucha tristeza.

Electrónica

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Lo grandioso de la música electrónica es que no está basada en la armonía, sino en el beat, ese elemento que, en una buena sesión, puede llevarnos -como la marea- entre las pulsiones de vida y de muerte, que nos hace bailar sin que sea un pretexto para descargar cachondería, para arrimarse al otro en un ritual socialmente autorizado y sin tener que escuchar rimas forzadas y textos vulgares acerca del cortejo y del desamor, pues con la electrónica la conexión es con los sonidos, hacia el interior, con la piel que se eriza y que en un haz te eleva al universo, a sólo levitar.

Matar a tu padre y a tu madre

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Versión original del videoclip

¡Feliz día de las madres! Con esta bonita frase cínica (dado que no celebro el Día de la Madre ni me parece que su instauración en nuestro país así como su mercantilización actual que la motiva sean admirables, por no decir la falsa relación de la maternidad con lo sagrado, por simple santificación de un mexicano promedio tendiente a la culpa y al flagelo) compartí en la red social este videoclip de la canción de David Lynch “Good day today”, el cual me parece un punzante retrato de una típica familia cualquiera, una alucinante muestra de la eficaz forma en la que la familia tradicional devora a sus miembros.

Para mí, no hay maquinaria represora más efectiva que la familia nuclear (por encima de la Iglesia y el gobierno), capaz de limitar, condicionar, chantajear a sus integrantes con gusto, que no fomenta su independencia, su autonomía, sino que incentiva la sumisión, el autoritarismo, el proteccionismo, la jerarquía y la inequidad, formando a los hijos como padres/madres sustitutos de sus progenitores/hermanos/parejas. Solo que los mexicanos somos tan autoindulgentes que creemos que nosotros no somos también estos pequeños monstruos.

Sí, entiendo lo que estás pensando, muchos no identificamos haber vivido en una atmósfera nociva como la que el video representa porque hemos formado parte de ella (alguien de otra ciudad me decía que es como cuando dejamos de percibir el smog en el aire de la ciudad de México porque vivimos a diario en él) y, sobre todo, porque justamente desde la misma familia no nos acostumbran a ejercer la autocrítica y menos aún se tolera la idea de criticar a la sacrosanta familia, donde cualquier abuso es tolerado por el simple hecho de decretar que los progenitores lo hacen por nuestro bien o por el pueril argumento de que en casa de los padres se hace lo que ellos dicen.

La independencia, la autonomía, es el mayor aprendizaje de respeto que alguien puede tener, ya que de la consideración hacia mí parto para considerar a los otros, para entenderlos aunque no los justifique (empatía, no solo simpatía) y es en este sentido que dudo que una familia tradicional pueda ser semillero de propuestas, pero sí creo que desprenderse de esa dinámica puede generar un cambio para una siguiente generación que realmente promueva equilibrios, desde el hecho de poder ver a los miembros de nuestra familia genealógica en sus justas dimensiones e identificar que tomar distancia nos permite crecer, justo ahí creo que es donde está lo importante: distanciarse sin dejar de convivir con ellos.

Finalmente, todos estamos solos, pero nos cuesta lidiar con lo tremendo que puede ser afrontarlo y, por ello, incentivamos pequeñas grandes familias en casas donde la privacidad se pierde, donde no hay consideración de la necesidad de espaciamiento, de que haya un espacio íntimo, personal, para cada uno de nosotros.

El niño protagonista del video, al final, es mi héroe.

Todos deberíamos hacer lo propio.

Versión oficial del videoclip

Telaraña

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Nuevamente te soñé. Llevo años oyendo que eso está mal, que ya lo supere, que me dejaste traumado y otras frases mecánicas. Poca empatía. Sin embargo, aunque sé durante el sueño que lo que estoy viendo no es real, que estoy durmiendo, cedo a la tentación de despertarme para terminar con la ensoñación y decido abandonarme al gozo que me permite vivir sensaciones que ya sólo en la memoria se mantienen vivas, Loveque en este sueño retoñan como si fuese la primera vez que me engulle la emoción intensa de ver tu rostro, tu sonrisa, de sentir cómo tus manos se acercan a mi cara, a acariciar mi mejilla, de que tu cuerpo se voltee para deslizarse sobre mí mientras recostado observo maravillado los poros de tu piel, mientras voy sintiendo cómo tu cuerpo se aproxima al mío percibiendo tu calor. Vivir eso, aunque sea en sueño, ¿cómo lo puedo explicar? ¿Cómo lo puedo pagar? ¿Quién lo quiere entender?

No me hace falta recibir peroratas. Mi imaginación, mi mente, finalmente sólo me pertenecen a mí y en ellas me permito ser libre, es donde puedo recrear lo que en algún tiempo pude ya vivir, donde puedo crear lo que no fui y externar lo que también soy (aunque no se vea). Permitirme caer en los lugares, en los momentos y con las personas, tanto reales como ficticias, en los que me hunde mi onirismo es una experiencia similar a nutrirme de los mundos lejanos y ajenos que en los que floto aún gracias a que sigo yendo al teatro y al cine. No he de renunciar a lo único que me recuerda que, por suerte -y por no sé cuánto tiempo más-, aún no lo estoy…

Luego, al despertar, se acerca el dilema que ha caracterizado a los fines de semana de este año (una vez librada la batalla del tumor de mi madre): el de encontrar una buena razón para levantarme de la cama. Dan las 10, las 12, llega la 1 y, a veces, hasta las 2 de la tarde, mientras sigo dando vueltas a mi mente, pensando qué sentido tiene pararme. Finalmente, los días se consumen sin hallar la diferencia entre haber permanecido o no acostado. Mejor, debería quedarme dormido.

Estertor

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Nuevamente, los planes en un fin de semana no salieron. Aunque ahora ya no me desanima que no se realizaran puesto que me he habituado a que esto ocurra. Lo malo de acostumbrarse a estar involuntariamente solo es el hecho de insertarse en un proceso de “des-socialización” en el que justamente, ante la complejidad para congregarse alrededor de otras personas con una idea mínimo en común -por no hablar de lo desgastante de estar detrás de la gente para que llegue a una cita o para que no dé un plantón-, resulta mucho más agradable despertar pensando “qué rico estar solito, tranquilo en todo este espacio, sin nadie que me perturbe” por encima del tedio de no tener mayor posibilidad que la de hablarle a la pared todos los días. 

Escribir y mis demonios

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Vivir con alguien es intercambiar experiencias pero para ello debe haber algo en común. Cuando las diferencias son más grandes que las similitudes sólo queda la coyuntura resuelta con cierto pragmatismo.

Se supone que la finalidad de tener un blog es escribir con frecuencia de lo que uno tiene por expresar. El problema es ése, que las palabras vuelvan a cobrar sentido suficiente como para tener algo que escribir y desde hace un buen rato le hallo menos sentido a hablar de mí. Lo interesante es debatir. Aún en soliloquio. Pero eso sucede con la agilidad que proporciona pensar y elaborar frases que se plantean como silogismos. Deducir, inferir… El tiempo que lleva sentarse a escribir es ya letal para mí.

Para muchas personas, el blog sirve para hablar de lo que viven a diario, algo que puede resultar de hueva si no se tiene por lo menos cierta capacidad de ironía. Aún así, hablar de lo interesante que es comprarse unos zapatos no termina por ser un tema que impulse mi creatividad. Han sucedido eventos curiosos, viajes que no habría pensado hace meses (tan solo el hecho de salir de la ciudad ya es inusual), personas nuevas conocidas, todo ello debería ser razón para dar rienda suelta a la mano y escribir.

Pero no. No pasa. Tal vez porque todo se homogeneiza asentándose en una sensación permanente de irrelevancia, de aquí no pasa nada.

Si coges, bien, si no, también.

Si sales, bien, si no, también. A final de cuentas

si existes, bien, si no, también.

Tuve que redactar una autobiografía para la psicoterapia y la hice de la manera más mecánica y rápida posible. Tardé mucho en poder elaborarla y la hice bajo presión, sabiendo que tenía que hacerla, si bien sabía que no quería escribirla. Mi gusto por la precisión hizo difícil que cumpliera con el propósito de ser lo más escueto y concreto posible, transitar por los eventos más recordados de mi vida para concluirla y así cumplir con lo requerido.

Este texto y las otras dos entradas recientes los había escrito desde el lunes 5 y apenas hoy, 17, los estoy transcribiendo y subiendo al blog, qué caray…

Finalmente, me quedé en el momento que sucedió la unión con mi exnovia (la primera vez) y no pude seguir, me sentí extenuado, hasta la madre de recordar mi vida porque voy ligando los eventos sobresalientes con las penas, problemas o dificultades que se han suscitado.
Y eso es agobiante.

Tal vez tenga un plan inconsciente de autosabotaje. Tal vez haga todo lo posible para demostrar que no puedo ser feliz. Tal vez por eso nunca estoy tranquilo, soy tan irritable (con ayuda de los demás, claro) y cambio fácilmente, pero no inexplicablemente,  de humor. Tal vez por eso soy difícil de soportar en una convivencia continua. Tal vez soy asfixiante como el aire que nos envuelve.

Y tal vez
sólo tal vez
las personas que me soportan, con las que puedo contar, aún siguen conmigo. Tal vez me aprecian. Tal vez me hago necesario para ellos. Quizá sea algo positivo, una cualidad, un atributo aislado, un momento. Quizás me quieren.

Y tal vez por eso Karina ya no está conmigo,
ni quiere saber de mí.

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